Cierras los ojos, los abres y de repente es Navidad. Y aquí pueden ocurrir dos cosas: o bien eres de los que se llenan de alegría y automáticamente sufren un chute de azúcar en sangre, o bien te conviertes en el Grinch porque detestas las multitudes y los compromisos familiares. Si eres del primer grupo, estás de suerte porque a pesar de que Madrid tiene un montón de cosas navideñas para hacer, hoy quiero hablaros de la séptima maravilla, la creme de la creme navideña, oro puro o como lo queráis llamar. Y eso es ¡La Alsacia y sus mercadillos navideños! Hay muchos pueblitos monísimos, y la sensación en general de estar ahí es una mezcla de estar en el escenario del pueblo de la Bella y la Bestia (que de hecho está inspirado en un pueblito francés llamado Conques) y estar en Villa Quién, el pueblo del Grinch.

Podría estar horas escribiendo sobre todos los pueblos de cuento que existen, pero me centraré en los que más me gustan.
Para visitarlos, lo que suele hacer la gente es recorrer la zona en coche, por ejemplo desde Estrasburgo hasta Colmar, reservando un par de noches en ambas ciudades, y entre medias visitar en el mismo día el resto de pueblecitos.
Ahora en navidades advierto que hace un frío que pela, pero si hay algún moter@ que quiera hacer la ruta, les animo a que se abriguen bien, y disfruten de unos paisajes preciosos. Eso sí, yo os recomendaría llevar una moto grande y con ruedas apropiadas a terrenos que puedan tener nieve.

En primer lugar empiezo por Estrasburgo, la capital alsaciana y la joya de la corona. Es un pueblo realmente imponente y tiene rincones muy bonitos, por lo que no es de extrañar que su casco histórico, un islote en el centro de la villa, haya sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Además, es llamada la Capital de la Navidad, ya que en ella se celebran los Mercados de Adviento más antiguos de Europa. El principal, situado en la Plaza Broglie, se viene instalando cada año desde 1570 y tiene más de 100 casetas. Y es cuando cae la noche cuando realmente la magia se apodera de ti, y todo son luces, colores, olores de tu infancia… Prácticamente todos tus sentidos están al 100%.
Tienen otro mercadillo destacable que es el de Place Gutenberg y que lo dedican a un país invitado que cada año es distinto. Es muy original y guay integrar navidades de otros países.

Cerca de Estrasburgo se encuentra Obernai, una ciudad muy coqueta y súper decorada. Me gusta porque es menos turística y la Navidad ahí es una celebración muy sentida y querida por los lugareños. Cuenta con 3 mercadillos navideños, uno en la Place du Beffroi, gastronómico, otro en la ya denominada Place du Marché y el tercero en la Place de l’Étoile. En la Plaza del Mercado tienen un árbol, tiovivo, y muchos puestecitos, entre los cuales recomiendo comerte un crepe de chocolate porque es una fantasía. Y si no eres de dulces, tienes puestos de foie gras, quesos, vinos, cervezas, etc.

Continuamos con Ribeauvillé, la ciudad de los 3 castillos. El nombre proviene de la familia Ribeaupierre que vivió ahí, que no les debía de ir mal porque se construyeron 3 castillos, ni más ni menos. El mercado de Navidad de Ribeauvillè es el más medieval de Alsacia y su estilo se ve también en las calles y casas. Durante dos fines de semana las calles de este pueblo se llenan de animales exóticos, bailarinas, malabaristas con fuego, doncellas, trovadores y cuentistas.

El siguiente pueblo que recomiendo es Turckheim, conocido por su “Calendario de Adviento gigante”, en forma de casas de colores que imitan a sus casas entramadas, de las que van abriendo ventanitas con imágenes navideñas detrás a medida que pasan los días de Adviento. Es sin duda una de las costumbres más curiosas de la Alsacia en Navidad. Tiene uno de los mercadillos navideños más tranquilos (por si no te quieres agobiar tanto) y si quieres experimentar algo diferente, atraviesa la Puerta de Francia y duerme ahí; aún mantienen la tradición del sereno, que vigila las calles cada noche desde las diez de la noche.

Eguisheim, es la ciudad donde podrías quedarte a vivir tu sueño y morir de amor. Sus calles empedradas con casas con ventanas y balcones de madera y fachadas llenas de color, se encuentran dispuestas siguiendo círculos concéntricos hasta la plaza de la Iglesia. Pese a sus pequeñas dimensiones, ha sido catalogado como uno de los pueblos más bonitos de Francia (y es que no me extraña), y cuenta con una denominación de origen de vinos propia, por lo que si sois de vinitos, como yo, disfrutaréis mucho. Su tradicional mercado de Navidad se encuentra en el centro del pueblo ocupando las plazas principales. Y una cosa muy guay que hacen es que cada semana se dedica a un tema diferente, pero siempre en relación con la artesanía y antiguos oficios.

Y por último, cierro con Colmar, que tiene tantos mercadillos y puestecitos de comida que podrías vivir ahí para siempre. Y si lo primero que piensas es ¡Dios mío, que frío!, tranquil@s, que dispones de la bebida estrella de La Alsacia que quita todo el frío: el vino caliente, que está buenísimo y entras en calor en un periquete. También está la versión azucarada que es un buen chocolate caliente con churros. Aunque ojo, que ahí no los llaman churros, sino Bastones de Nöel. Y no todo es comer y luces, sino que es una ciudad excepcional por la riqueza y variedad de su patrimonio histórico con más de 1.000 años de historia. Y un pequeño espectáculo es lo que llaman la Pequeña Venecia, un barrio tradicional de casitas alsacianas que están dispuestas a lo largo del río Launch.

Si tuviera que resumir La Alsacia en 3 frases diría: olores navideños a canela, recorridos de luces y auténtica magia. Ir allí en Navidad es como encontrarte en el interior de una bola de cristal, de las que tienen una cabañita dentro y al agitarla cae la nieve. Es imposible hacerlo más perfecto.